Por Luis Belisario
Frente de Vanguardia Hugo Chávez
Pablón, al igual que Amador tenía su aforo de canapiales, aquel en el centro y él por los lados de Santa Ana Norte, tal vez digno heredero del gran Chipia quien desde la Plaza Bolívar leyó la proclama, apoyando a Castro contra la invasión extranjera, y también leyó la letrilla a Monseñor Silva "bebe el señor gobernador en su despacho; el doctor en su cavachuela, y el señor arzobispo en su sacristía, pero el borracho es Chipia".
Al finalizar la tarde se recogía Pablón con sus yuntas en una casa vieja, ya roída por el tiempo, y en un círculo místico todos depositaban en el suelo el dinero recogido en el día, Pablón contaba, brillaba el litro de mano a mano, mientras la vieja Dilcia apuraba el fogón.
Arripostaba Miguel "garganta e' lata", Pablón -cuentanos otra vez lo de Campanera que más bien parecía tu mujer-, esta ocurrencia hizo soltar las risas de la banda de canapiales. -ya, ya, esta bien, un trago- y se atraganto dos dedos de buen callejonero. -yo también fui último modelo-, Pablón de 1.82 de estatura, de buen hablar y aún a sus 75 años lucia una acerada contestura, siempre ostentando su viejo sombrero, pelo e' guama. -yo púes, recorría de Santo Domingo, Pueblo Llano, Timotes, Piñango, San Cristóbal, Torondoy, y hasta en el mismo Lago de Maracaibo me bañe, cuando ni pensaba existir la panamericana-. -Jaja, si eres viejo Pablón- acotó el no menos viejo Antonio, el de los Nevados. Proseguía Pablón de día, de noche, de madrugada, con luna y sin luna, con mi arreó de mulas, cuantas veces sorprendí a esos pueblos y aldeas en la oscuridad, y como se alegraban, claro les llevaba el pedido, alpargatas, remedios, y ya saben por todos lados tenía una enamorada-. Terminado el litro se destapaba el otro, mientras oían con atención el relato. -mi arreó era de 10 mulas y Campanera, la guía con su campanita en el cuello, siempre adelante por esos páramos y esos montes, donde ella se paraba, se paraban todas, y cuando ella arrancaba, arrancaban todas, que inteligente Campanera, la única que siempre iba liviana, las demás entre otras cosas, sus barriles de miche, que yo vendía o cambiaba en la ruta; de vuelta de los lados de Torondoy, traía pescado seco y otros encargos que hacían falta en el páramo. Muchas veces rascao me quedaba dormido en la monta, pero Campanera me llevaba, pero la desgracia manuelito, una noche la luna estaba clarita de regreso de San Cristóbal, por los lados de Piñango, las mulas delanteras se encabritaron, apure la monta para ver que pasaba, que desgracia, Campanera se había despeñado, como pude llegue hasta ella, aún con vida, la llore, fue terrible, manuelito, algo la espanto- la sala medio oscura lo oía en silencio como que si reviviera la historia. Prosiguió Pablón -ya en la marcha de regreso, jure no volver más por esos caminos y aquí estoy, un trago !!-. Y lloró de nuevo Pablón esa noche, todos callaron, respetando el dolor del último gran arriero. -ya, ya, un trago-, exclamó. -la querías más que las otras novias- grito, garganta e' lata. Ya se sentía el oloroso hervido de la vieja Dilcia, la luna nueva se ocultaba, y Pablón y su hermandad, existieron una noche más.
Luis Belisario. (Reflexiones de Madrugadas 10/07/16).
@FVHugoCh
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